jueves, 12 de abril de 2018

- Hurtigruten (Noruega)…… el Expreso del Litoral

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Conocemos a la tierra como el "Planeta Azul" al estar compuesta su superficie por tres cuartas partes de agua, por lo que el 75 % de nuestro entorno es ese liquido y azulón componente, con el que debemos convivir y sin el que la vida en nuestro maltratado mundo no sería posible. Por él hemos aprendido a movernos a lo largo de la historia, toda vez que nos ha sido útil y necesario para trasladarnos, convirtiéndose en una vía de trasporte imprescindible para los territorios bañados por sus aguas. Desplazarnos usando este indispensable elemento ha sido siempre una necesidad para el ser humano, e intentar dominar su fuerza una constante durante la evolución de la humanidad.     

Para las antiguas civilizaciones el mar era una fuente de alimento, por lo que sus asentamientos se situaban cerca de sus costas. Sin ninguna duda la navegación comenzó el día que algún ser humano se encaramó a un tronco seco para adentrase en el mar en busca de sustento, iniciándose en ese instante una evolución que no ha hecho más que acrecentarse con el paso del tiempo hasta llegar a nuestros días. Siendo también por medio de esta actividad, como el hombre utilizó el mar en la busca de nuevos territorios por donde expandirse, descubriendo nuevas civilizaciones y generando rutas comerciales alternativas. Primeramente sus singladuras fueron a través de rudimentarias balsas, a las que después las acoplaron remos, para posteriormente insertarles velas, y mucho mas tarde con el adelanto industrial motores, consiguiendo mejorar el rendimiento de sus naves. 

Desde las primitivas barcas egipcias, allá por el 2.500 antes de Cristo, así como los fenicios, griegos o cartagineses controlando con sus naves el mediterráneo a mitad de milenio de la era anterior. Pasando por las colosales flotas del almirante chino Zheng He a principios del siglo XV, o los uros por sus canoas de "totora" del lago Titicaca, los españoles y portugueses del siglo XVI surcando ya los mares del mundo completo, y por supuesto los Vikingos que desde el siglo VI hasta final del siglo XII, recorrieron y arrasaron media Europa, llegando hasta el mediterráneo, y hasta llegando 500 años antes que Colon a las costas Americanas de Terranova. Gentes que hicieron de la historia de las rutas marinas una de las aventuras más apasionantes que los seres humanos hombre hayan realizado desde los remotos tiempos. 

Es posible que de todas las costas que riegan los continentes que forman nuestro planeta, sea la de Noruega la más enrevesada, fraccionada, enmarañada y maléfica. Siendo los vikingos, especialistas de estas aguas, los mejores marinos que haya habido en la historia de la navegación. 

Se cumple ahora 125 años, de cuando un sucesor de esos "demonios cornudos" seguidores de Odín, realizó la hazaña de realizar la primera ruta por la abrupta costa nórdica, recorriendo y fondeando las por entonces aisladas poblaciones o aldeas que diseminadas salpicaban sus orillas. Fue Richard Bernhard With, quien aceptó la propuesta del gobierno de realizar por primera vez la ruta marítima que de forma "regular" uniera el sur de Noruega con las costas del norte, la que desde entonces y hasta hoy se conoce como la Hurtigruten. Proeza que para finales del siglo XIX, fue catalogada como verdadera temeridad, pero que una vez consolidada, sirvió para abastecer la humanizada línea costera de mercancías, enseres, transporte de pasajeros y correo postal, a través de lo que fuera denominado como el “Expreso del Litoral”. Hoy en reconocimiento a su hazaña un barco de la flota Hurtigruten, así como varias carreteras de la costa, llevan el nombre del avezado marino, como no podía ser de otra manera. 

Hay que conocer las accidentadas características geográficas de estas costas, o simplemente observarlas en un mapa o atlas, para comprobar la dificultad de navegar por ellas, máxime en aquellas épocas sin conocer el peligro de sus fondos marinos para las naves de gran calado. Noruega se extiende de sur a norte a lo largo de unos 2.700 kilómetros, y con cerca de 50.000 islas e islotes, además de los cientos de fiordos que se llegan a introducir por encima de los 200 km. en su interior (204 penetra el Sognefjord), posee una línea costera que supera los 83.000 kilómetros, por lo que la importancia del trasporte marítimo es muy relevante. Pero no ha sido fácil para sus pobladores poder relacionarse de unas regiones a otras a lo largo de la historia, pues sus comunicaciones nunca hasta ahora han sido fáciles, ya que la costa es tal y como he relacionado, y su interior no mucho mejor, por la gran cantidad de valles, montañas, glaciares y fiordos que de forma trasversal se extienden por su geografía. Por si esto no fuera determinante, durante sus largos inviernos prácticamente todo el norte del país se encontraba aislado del resto del mundo por enormes y blancos mantos de nieve. 

Eran las 8,30 de la mañana del 2 de julio de 1893, cuando zarpó del puerto de Trondheim el vapor Vesteraalen comandado por el capital With rumbo al norte. Por delante un recorrido por estrechos y sinuosos canales, transitando entre miles de arrecifes e islas sin cartografiar, sorteando las corrientes más fuertes de Europa, por una complicada ruta, en la que por aquel entonces solo estaba señalizada al norte de Trondheim por apenas 28 faros, por lo que la navegación nocturna era muy arriesgada.

Un desafío para los medios técnicos con que contaban los buques de la época, pero todo un acontecimiento para aisladas las poblaciones costeras diseminadas por la costa, que veían como su futuro se iba a trasformar de forma positiva en los próximos años. 

Calificado como "El viaje por mar más bello del mundo", viajar a bordo del Hurtigruten (que en noruego viene a decir "ruta rápida") o Expreso del Litoral no es una travesía en un súper-crucero al uso, tal y como los que podemos ver en las ofertas publicitarias que por aquí llegan hasta nuestras manos. Y aunque también es un servicio turístico, cubre el trasporte entre las distintas poblaciones como línea regular de pasajeros, navegando bajo la bandera del servicio postal noruego, haciendo 34 paradas en distintos puertos de la costa. Llevando el correo, transportando a las gentes de los distintos pueblos y comunicando de manera natural a unos lugareños que tienen el coraje de vivir en las proximidades del fin del mundo. 

Una flota de 11 buques posibilita las salidas diarias y "puntuales" desde el puerto de Bergen hacia la última localidad en suelo noruego, Kirkenes, a tan solo unos kilómetros de la frontera Rusa y Finlandesa. Un recorrido de aproximadamente 2.600 km. y 134 horas de navegación, que estas equipadísimas y cómodas naves realizan a una velocidad media de 15 nudos marítimos (unos 28 km/hora), constituyendo una de las
travesías costeras más espectaculares del mundo. Siendo sus principales usuarios los miles de turistas, fundamentales alemanes y americanos, que se aventuran cada temporada en uno de estos barcos. Y donde disfrutar de los servicios que se les ofrece, junto a una apreciable y acertada lista de vituallas gastronómicas: pudiéndose examinar todos los días el programa del día siguiente con las diferentes paradas y los lugares de interés por los que transita el barco, la relación de conferencias y las excursiones que se pueden realizar durante las paradas, amén de poder acceder a internet durante toda la travesía por un ajustado precio. 

La mejor época, si medianamente el tiempo es benévolo y se comporta indulgentemente bien con los viajeros, es hacerlo a finales de marzo. Siendo durante estas fechas cuando los días por esas latitudes ya empiezan a alargarse, y los paisajes nevados complementan una visión onírica de una costa blanca completamente nevada que se funde con el azul intenso del mar. Donde bucólicas granjas y pequeñas aldeas conforman un romántico paisaje de serena certidumbre. Durante este periodo partiremos de Bergen con aspecto primaveral, llegando a Kirkenes todavía bajo un manto blanco y un mar escamado por los hielos. Una sugerente composición de paisajes y vivencias donde los colores se tornan en protagonistas de los horizontes, renaciendo de los más profundo de nuestro ser esa faceta de trasnochado aventurero, que adquiere forma al impacto de las olas del mar. Si en verdad existe la magia en el mundo, seguro que una buena parte de ella se ubica por estos mares. 

Navegar a través del Hurtigruten es realizarlo a bordo de una de las compañías centenarias de Noruega, convirtiéndose el viaje por la accidentada costa nórdica en el despertar de los sentidos. No hay fotos tipo "caribeño", ni tampoco fiestas nocturnas, ni siquiera la tripulación intenta ligar con el pasaje como en "Vacaciones en el Mar". Sí que hay buenos salones para la contemplación del espectáculo de la naturaleza a nuestro rededor y lugar de descanso para disfrutar del entorno, así como conferencias a media tarde en la que se explica (noruego e inglés) las curiosidades que podremos observar. El objetivo de la singladura es deleitarse del ritmo del mar, como si nos dejáramos acunar como niños. En los barcos no hay distracciones ni actividades triviales, baladís o frívolas…………… jejejejejejejejeje, generándose siempre una atmósfera relajada para disfrutar de la lectura o la música, de los paisajes que desde las cubiertas podemos disfrutar, de una amena y amigable charla, o de una buena cerveza en alguno de sus bares……………….. incluso casi todo esto a la vez. 
 
Partimos de Bergen, urbe considerada como la puerta de entrada a los fiordos noruegos. Ciudad animada, juvenil, colorista y con una interesante arquitectura de tiempos pasados que han sabido conservar y mantener. En Alesund somos trasportados a los tonos y líneas del "art decó", estilo de moda con el que los arquitectos de la época diseñaron los singulares y hermosos edificios que se levantaron después del impresionante y desbastador incendio de la ciudad en enero de 1904. Trondheim me sirvió para rememorar momentos de visitas anteriores, pero su visión nival, me resultó más sugerente que los paseos de tiempos pretéritos. Siendo la visita a su catedral "Nidaros" igual de impresionante, con su portada cubierta por prácticamente todo el "santoral" cristiano. 
 
Atravesamos el Círculo Polar Ártico, que repetiríamos a la bajada con mejor climatología y una copa de champagne en la mano. Mítico e imaginario paralelo situado a una latitud de 66º 33´ 46", que en nuestro recorrido era más o menos la mitad del trayecto. 
 
De la población de Bodo salen los ferries a las islas Lofoten, por lo demás, ni fu, ni fa. Y de las Lofoten que decir, pues que son una verdadera pasada. A la subida nos tocaron por la noche, pero a la bajada en plena tarde y con una luz de un dramatismo especial, las afiladas aristas de sus montañas se nos mostraban de forma espectacular. Svolvær que ejerce como capital de estas islas, nos la encontramos cubierta totalmente de ese manto blanco que ya asumimos como normal, destacando de las serenas aguas de su puerto el reflejo de las montañas próximas a la población. 
 
Cruzamos por las también sugerentes islas Vesteraalen, pero sin tanta majestuosidad y grandeza que las Lofoten. Siendo a esta latitud cuando se nos comienzan a presentar las mágicas Luces del Norte, las Auroras Boreales con sus bailes nocturnos, pudiendo observar durante algunas noches uno de los espectáculos más bellos y misteriosos del firmamento. Producidas por el polvo de las tormentas solares y la entrada de este en el campo magnético de la Tierra, este fenómeno lumínico, se nos muestra con toda su fantasía durante la oscuridad de meses de invierno.
 
En Harstad un paseo al amanecer, con la ciudad aun casi dormida, pero con una templanza y una sensación de relajo de esas que te entran hasta el esqueleto. Y de nuevo Tromso, a la que ya habíamos visitado en febrero de hace dos años y donde me sentí nuevamente a gusto. Hasta el punto que en el recorrido de retorno y en horas nocturnas (las 12 de la noche) fuimos a escuchar el concierto de media noche en su moderna,  original y flamante nueva catedral.
 
Nos recibe la población Hammerfest en medio de una suculenta nevada, convirtiéndose el paseo hasta su iglesia, en medio del blanco panorama, en una situación ya de lo más normal. En Honningsvag, sigue la cellisca, pero aun así se deja pasear, siendo la imagen de sus calles así como su protegido puerto, todas de un inmaculado y contundente blanco. La ciudad nos acoge con la templanza y el sosiego que generan los copos al caer, Honningsvag es la aldea del Cabo Norte (Nordkapp o North Cape), que situado en la isla Magerøya a una latitud 71° 10' 21 N, 25° 47' 40 E), es considerado el punto más septentrional de Europa, aunque el cabo de Knivskjellod, situado a tan solo 1.500 m. al oeste, es el punto más al norte del continente (latitud 71° 11' 8 N). Intentamos llegar hasta la afamada punta, con la intención de rememorar nuestra primera visita de hace casi 38 años, pero la climatología no fue esta vez nuestra aliada, pues una fuerte ventisca de nieve y viento, nos impidió recorrer los 34 kilómetros que le separan de la citada localidad de atraque del Hurtigruten.
 
Llegamos a Kirkenes, y aunque frio luce un buen sol, con esa luz trasparente y gélida que de estar a estas latitudes. Estamos en el culo del mundo, en lo más alto de noruega, en medio del helado mar de Barents y a tan solo unos kilómetros de la frontera noroccidental de Rusia y Finlandia. La población es agradable y las construcciones se nos asemejan confortables y de buena calidad. De nuevo dedicamos el día a pasear por la ciudad y ascender hasta uno de los miadores existentes en sus proximidades, que como no podía ser de otra manera, todo en medio de un sugestivo paisaje teñido de un blanco imperturbable. La noche la dedicamos a degustar (en el Scandic Kirkenes Restaurant); pues es este el lugar idóneo; las exquisitas y lujuriosas carnes del cangrejo real "king crab", el crustáceo (centollo) más grande del mundo, con un peso medio de entre 4 y 6 kg. la pieza, pudiendo llega a pesar hasta los 15, pero también el más caro, unos 100 €. el kilo, eso sí con certificado de autenticidad y pesca. 

Ya solo queda regresar, disfrutando nuevamente de los gélidos y albos paisajes costeros, de ese intenso azul marino y de las sensaciones que un viaje en el Hurtigruten nos puedan generar. Siendo el paisaje el protagonista fundamental de este periplo, ya sea en algunas de las poblaciones visitadas, a través de la cubierta de la nave o acomodado en algunos de sus placidos salones o espacios para disfrutar del sosiego de la singladura. No cansándonos, para nada, en la observación y admiración del continuo despliegue de montañas copiosamente nevadas, que a orillas de un poderoso mar asemejan salir a respirar de sus profundas aguas. Paisajes salpicados casi de continuo por pequeñas poblaciones o granjas aisladas, y de cuando en cuando atracar en alguna pequeña ­localidad portuaria, hacia la que se encamina el buque con escrupulosa puntualidad. 

Un viaje, que fuera de exotismos orientalizantes o rarezas de culturas étnicas, tal y como si fuéramos creyentes musulmanes y tuviéramos la obligatoriedad de ir una vez en la vida a la Meca, todo el mundo apasionado por los sugerentes paisajes y la naturaleza, debería por lo menos una vez en su existencia acercarse a realizar este periplo por la costa Noruega en alguno de los navíos Hurtigruten………….. alcanzaría a tener indulgencias plenarias para acceder al onírico mundo celeste de las almas en paz, os lo aseguro……………. feliz día tengáis todos.
 
 

lunes, 12 de marzo de 2018

- Monasterio de Piedra…… sinfonía de agua

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Esta semana pasada, en la que nos han estado asustando a través de los "medios" sobre las cinco borrascas sucesivas, que una tras otra iban atravesar tormentosamente nuestra frágil piel de toro, y de forma pertinaz iba a estar lloviendo prácticamente sin pausar en el espacio-tiempo correspondiente al asueto de los que ya hemos pasado a mejor vida (los días no festivos para los jubilatas). Pero hete aquí que los dioses de la cibernética, a través de sus palafreneros de "AEMET", nos concedían una ventana de "pax deorum" o pausa de buen tiempo para el miércoles día siete (fecha que me trae evocaciones ancestrales). Esta tregua o impasse del horrendo panorama meteorológico que nos vaticinaban las conjunciones astrales, nos hace decidirnos en acercarnos a tierras mañas, camino de ese conglomerado de revoltosos y desiguales montes que conocemos como Macizo Ibérico, conjunto de irregulares sierras ubicadas a caballo entre las provincias de Soria, Zaragoza y Teruel. 

Horadadas por los ríos Jalón, Mesa, Jiloca y Piedra estas escondidas y abruptas sierras del Sistema Ibérico, a la que me gusta denominar como Comarca del Jalón, se hallan salpicadas por algunos de los establecimientos termales más importantes de todo Aragón: tres en Jaraba, dos en Alhama de Aragón, uno en Paracuellos de Jiloca y el SPA del Monasterio de Santa María de Piedra. Siendo precisamente a las orillas del rio Piedra a donde dedicaremos nuestros relajados paseos y curiosas miradas, en lo que fuera un importante y antiguo centro espiritual rodeado de un sobrecogedor paisaje de cascadas, lagos y ocultas grutas.

Nacido por tierras alcarreñas de Guadalajara; en Rueda de la Sierra población muy cercana ya a Molina de Aragón, justo en la divisoria de aguas del Tajo y el Ebro; el río Piedra forma en su cauce medio unos barrancos calcáreos dignos de reseñar. Facturando la Sierra de Solorio por los cerros de Las Requijadas, Alba, La Pedriza o la Peña del Diablo, abriéndose paso de forma impetuosa entre sus rocas las aguas de su cristalino discurrir. Formando durante su impetuoso transito cantidad de cascadas y saltos de agua, que si bien han sido en algún modo retocados por la mano humana para fortalecer su hermosura, no por ello tienen menos derecho a ser contemplados con ojos de admiración. Si bien este
retoque estético, cual una cirugía facial humana o incremento de morros con cuarto y mitad de "botox"…………………. horror, que en algunos de los casos, estos supuestos arreglos son tan exagerados que hacen perder gran parte del encanto intencionado. 

Aun de esa manera, el lugar se ha trasformado para los que hasta aquí se acercan a pasear sea una delicia para los sentidos, estando su transitar repleto de sorprendentes y bellísimos rincones, así como de paisajes asombrosos con espectaculares cualidades estéticas, generando un espacio dedicado a trasmitirnos la belleza del agua y su entorno. A los encantos propios del río hay que añadir el rumor de la naturaleza, el frescor del entorno, la apacible quietud de sus lagos, en especial la del Espejo, y el cantar o trinar de las aves. 

Entre una exuberante vegetación que a ratos se hace bastante intensa, recorremos los casi cuatro kilómetros de senderos: https://es.wikiloc.com/rutas-a-pie/parque-natural-del-monasterio-de-piedra-6764003, en los que podremos invertir dos horas y media, o más. Que uno tras otro nos llevarán hasta los continuos saltos de agua: Cascada Iris, Sombría, Baño de Diana, Trinidad, Caprichosa, Vadillos, Cascada de los Fresnos, Cola de Caballo, Chorreaderos. Un sinfín de lugares y recorridos por escaleras, túneles y grutas que nos conducen si o si, hasta el espacio más singular y mágico de todos, el Torrente de los Mirlos, a donde accedemos a la Gruta
de Iris. Por la que descendemos como si fuera un camino iniciático hasta llegar a la base de la Cola de Caballo (50 m. de altura) pero en su parte trasera, donde se abre una húmeda, inmensa, lóbrega y sombría oquedad, asemeja la entrada a los territorios del Averno. Lugares de remanso de tanta intensidad para nuestra vista son las serenas láminas de agua que forman el Lago de los Patos y el Lago del Espejo, así como los estanques de las piscifactorías, donde esa tranquilidad solo es rota por las truchas al saltar sus aguas. 

Lo que fuera la antigua huerta de los monjes, esconde maravillas difíciles de describir para quién no las haya aun contemplado, pasando en la actualidad a formar parte de los parajes seleccionados mas espectaculares de Europa. Casi todos desconocemos el hecho de que las rocas del paisaje que rodea el Monasterio de Piedra formaron parte de un fondo marino, pues hasta aquí llegaba hace millones de años el llamado "Mar de Tetis", que con el paso del tiempo y las fuerzas de la orogenia alpina, estrujaron las rocas de los fondos haciéndolas emerger hasta la superficie, siendo las que podemos contemplar a nuestro alrededor.  

Como contaré más adelante, la finca de la que forman parte estos parajes, sufrió durante su historia tres abandonos por parte de sus moradores los monjes cistercienses, el último y definitivo durante la desamortización de Mendizábal en 1836, aunque ya por esas fechas el cenobio llevaba años en decadencia, al haber sufrido espolios y abandono en el trascurso de la Guerra de la Independencia, y posteriormente entre 1820 y 1823 durante el llamado "Trienio Liberal" haber padecido de nuevo la desidia y el desamparo. Siendo adquirida en subasta pública por el empresario del textil catalán Pau Muntadas i Campeny en1843, habiendo sido su hijo Joan Frederic Muntadas, quien convirtió la huerta existente en un jardín romántico, y los recintos monacales en establecimiento hospedero. Aprovechando las limpias y cristalinas aguas del rio Piedra para instalar en 1867 la que sería la pionera de las piscifactorías habidas en España, al ser la primera instalación existente de este tipo en toda la península. Convirtiendo al lugar, desde mediados del siglo XIX, en un destino turístico de primer orden al sur de Aragón.  

La adquisición por parte de la familia Muntadas consiguió detener en parte el deterioro al que fue sometida tras su abandono, perdiéndose algunas de las obras de arte en ella custodiadas, hasta el punto que el estado en el que podemos observar la iglesia abacial, totalmente al descubierto y sin techumbre, se debe a la vergonzante venta de las tejas que cubrían su tejado, operación realizada tras la desamortización de 1835 por parte del administrador del estado y el obispo de turno. Estas tejas hoy están dispersas por toda la provincia y aledaños, habiendo producido el hundimiento de gran parte del edificio y el ruinoso estado que hoy podemos observar al visitarla. Menos mal que el altar-relicario de estilo gotico-mudejar y finales del siglo XIV se libró del espolio, conservándose desde 1851 en la Real Academia de la Historia en Madrid (calle Huertas esquina a León), rescatado de ser destruido o robado gracias a las gestiones de uno de los Muntadas.
 
El 16 de diciembre de este 2018 este monacal cenobio dedicado a la regla de San Benito de Nursia (ora et labora), celebrará 800 años de su consagración como recinto religioso. Habiendo sido impulsada su fundación por el rey de Aragón Alfonso II el Casto y su castellana esposa Sancha en el año 1186, cuando estas tierras habían sido recién recuperadas a los árabes. Consiguiendo con ello dos finalidades: la repoblación de estos territorios (con un fuerte componente de población musulmana y zona fronteriza con el reino de Castilla) por devotos cristianos durante la segunda mitad del siglo XII y la expansión de la orden del Cister, que aunque creada cien años antes, no tuvo su impulso definitivo hasta que Bernardo de Claraval inspirador de la orden del temple, se alineó con la orden benedictina que defendía la austeridad y la rigurosa observancia de las reglas de pobreza, así como una mayor dedicación de los monjes a la observación y al trabajo manual, frente a la riqueza y ostentación de la poderosa orden de Cluny, debiendo de instalar sus monasterios apartados de las vías de comunicación  y de los núcleos habitados,  para lograr de esa manera un mejor aislamiento de la realidad mundana. Siendo la orden del Cister y sus "monjes blancos" ávidamente favorecida por los reyes aragoneses para que colonizasen el vasto y despoblado territorio que se acababa de conquistar al sur de la línea del Ebro, usándose como generadores de la actividad agraria y reclamo poblacional estos incipientes y flamantes cenobios, además de extender la "fe" en el credo de Cristo.  

El monarca baturro cedió a los monjes tarraconenses de Poblet (no olvidemos que Cataluña de siempre ha pertenecido al antiguo reino de Aragón, pese a quien le pese !Puigdemont!) el castillo sarraceno o fortaleza defensiva existente en el lugar conocido como Piedra Vieja, con todas sus pertenencias y tierras, la aldea de Liestos, y otras tierras en términos vecinos, con el objeto de fundar en la zona una abadía. El 10 de mayo de 1194 salieron del monasterio catalán trece monjes, al mando de los cuales estaba Gaufredo de Rocaberti, quien se convirtió en el I abad del cenobio a orillas del rio Piedra. En mayo de 1195 se revalida la donación y pretensión real de la fundación de un monasterio en ese lugar, comenzándose a levantar los edificios en 1203. Siendo en 1218, con las obras ya bastante adelantadas cuando los monjes pudieran trasladarse, realizándose el 16 de diciembre la ceremonia de consagración, reubicándose la comunidad desde Piedra Vieja (la instalación provisional) a Piedra Nueva (el nuevo monasterio).  

La segunda mitad del siglo XII y primera del XIII son años de transformación arquitectónica, viviéndose en esta época la transición del "románico" hacia el "gótico", pero las construcciones cistercienses mantienen el modelo monástico benedictino, respetando en su diseño los fines de su fundador: la contemplación, el rezo, la pobreza, la simplicidad y la escasez decorativa, centrando su característica arquitectura en la luminosidad, sencillez, austeridad y sobriedad. Si bien esta, a través de la piedra trabajada de forma maestra sigue generando una gran belleza y llegando hasta nuestros días en aceptable estado de conservación. 

Para erigir estas edificaciones monásticas son elegidos emplazamientos aislados, valles retirados o bosques recónditos con abundancia en agua. Manteniendo la ordenación de sus dependencias en torno a un patio central, el claustro. En el caso del de "Piedra" su distribución se asemeja a otros monasterios del Cister, aprovechando al máximo la luz solar: al norte la iglesia, al este la sala capitular, al oeste las bodegas y cilleros y al sur el refectorio, calefactorio y la cocina. Siendo en esta última, donde en 1534 se elaboró por primera vez el chocolate en Europa, con cacao traído de las indias (Méjico) por medio de un fraile cisterciense que acompañaba a Hernán Cortés. Consiguiendo se estos monjes aragoneses los que cataron por primera vez el dulce manjar. Elemento al que se le dedica una curiosa e interesante exposición en su tiznada cocina. 

El Monasterio de Piedra se encuentra protegido por una muralla medieval de la que sobresale una sobria e interesante torre del homenaje. Siendo el conjunto de sus edificaciones una mezcla de estilos arquitectónicos: románico, gótico, mudéjar, renacentista y barroco.  Obteniendo su Sala Capitular los
adjetivos más favorables, toda vez que la iglesia está muy deteriorada, sin techo y prácticamente en ruinas, especialmente las bóvedas que se encuentran completamente caídas, debido a los tres abandonos producidos durante el siglo XIX, que junto con las intrigas internas de la propia comunidad monacal, propiciarán su penuria definitiva el 4 de noviembre de 1835. La puerta occidental o principal hacia el exterior de recinto, se conserva aceptablemente bien a pesar de lo descompuesto y abandonado de la fachada.  

Después de ser expropiado tras los decretos de Mendizábal, las gentes de los aledaños entraron al lugar saqueando y destrozando todo lo que hallaban a su paso, razón por la cual podemos observar como todas las esculturas situadas a menos de tres metros del suelo se nos presentan decapitadas y sin manos.  


Hemos comentado al principio sobre las zonas termales del sur de Aragón, haciendo referencia al cauce del rio Jaraba y sus balnearios. Interesante y cercano lugar que seguramente merecerá una visita no muy alejada en el tiempo y sus consiguientes párrafos en estas notas. Mientras, os animo a disfrutar de estos espacios convertidos en vergel, en medio de las áridas tierras el sur aragonés.

lunes, 19 de febrero de 2018

- Las tierras de Fiordland y el mágico fiordo Milford Sound (Nueva Zelanda)

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Nos despedimos de la costa oeste neozelandesa, observando por la ventanilla del vehículo que nos trasporta, como dejamos atrás la población de Haast. La carretera litoral que hemos recorrido hasta aquí apenas continúa 50 kilómetros más allá, hasta las cuatro casas y una calle que forman la población de Jackson Bay, después de este lugar ya se entra en las inaccesibles y aisladas tierras de Fiordland, el mundo de los fiordos neozelandeses, el sur del sur. Una de las zonas más sobrecogedoras y bellas de Nueva Zelanda, cincelada por remotos glaciares que se extendieron por estas tierras hace más de 100.000 años, con lo que su paisaje está caracterizado por majestuosas cascadas de agua que caen libremente a profundos y oscuros fiordos. Profundos, espesos e impenetrables bosques conforman una intransitable selva, ahora protegidos por el Fiordland National Park, el Parque Nacional más grande de todo el país (12.500 km²), declarados ya en 1990.Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. 

Esa inaccesibilidad, nos hace abandonar la dirección sur y tomar la de levante, dejando la costa y dirigiéndonos hacia el interior, ascendiendo todo el curso del rio Haast hasta introducirnos en medio de las Montañas Aspiring y traspasarlas por el legendario "Paso Haast". Al igual que el Gran Oeste del norte Americano o la Patagonia Argentina, estos territorios se tardaron en colonizar debido a su escabrosa geografía, siendo a mediados del siglo XIX cuando "el hombre blanco" se consagró en la búsqueda de nuevos y vírgenes parajes para dedicarlos a aprovechamientos agrícolas o minerales. Fue a principios de 1863, cuando el geólogo Johann Franz Julius von Haast (Julius von Haast) dirigiendo una expedición en busca de un trayecto terrestre factible entre el este y el oeste de la isla meridional neozelandesa, encontró la ruta accesible a través del río Makarora, cruzando los Alpes del Sur por el lugar que ahora lleva el nombre del científico teutón "Haast Pass". Y si bien, un buscador de oro llamado Charles Cameron se intentó acreditar como su "descubridor", siendo Haast el distinguido con llevar su nombre, atravesando su expedición al "collado" el 23 de enero. Esta ruta fue la vía habitual para los maoríes que cruzaban hacia el oeste en busca de "pounamu" (la piedra verde "jade").

Estamos transitando por uno de los parajes montañosos más admirables de Nueva Zelanda, el Parque Nacional del Monte Aspiring, que emplazado en la línea divisoria de los Alpes del Sur y el Monte Aspiring, nos regala una impresionante gama de paisajes durante nuestro recorrido. Cruzando el sorprende bosque tropical por el que circulamos, observamos un entorno de altas montañas tapizadas por la densa vegetación, sobre la que destacan los fascinantes helechos neozelandeses, que en esta zona adquieren alturas impresionaste llegando a superar en algunos casos los 10 metros. Franqueamos angostos y sugerentes puentes, así como cascadas (Thunder creek y Fantail falls) en medio de la tupida foresta. Estamos rodeados de una naturaleza pura y deshumanizada, formada fundamentalmente por hayas que se han mantenido intactas desde la noche de los tiempos, no existiendo ningún asentamiento habitado en cien kilómetros a la redonda. 

Franqueado el collado y descendiendo por el valle glaciar de Makarora, nos paramos para acercarnos hasta las idílicas, sugerentes, trasparente y frías aguas de "Blue Pool", las piscinas de azul turquesa que llaman la atención a cuantos las visitan. En realidad es un tramo del rio al que se llega tras un breve paseo entre los árboles y cruzando un par de puentes colgantes. La razón de esta original tonalidad se debe a los diferentes contenidos minerales de las sales glaciales presentes en sus aguas. 

Continuamos bajando hasta llegar a los lagos Wanaka (45 km. de longitud y 193 km2. de superficie), que juntamente con el Hawea (141 km². de extensión con una longitud de más de 40 km), prácticamente paralelos y gemelos, fueron formados por glaciares hace 10.000 años, tiempos en los que se encontraban unidos. Hoy tan solo se encuentran separados por una estrecha franja de tierra conocida como The Neck (El Cuello), que tiene solo 1.500 metros de ancho, y desde la cual se divisan unas extraordinarias vistas. 

En Wanaka, la población más meridional del lago y ciudad vacacional por derecho y poderío, tomamos la ruta "Crown Range Road" (Por la Línea de la Cima), la carretera asfaltada más alta de Nueva Zelanda, alcanzando los 1121 metros de altitud en Crown Range Summit, toda una proeza para estas latitudes. Cruzando la genuina aldea de Cardrona, observamos en la orilla de la calzada una valla repleta, a más no poder, de sujetadores femeninos (teteros), tarea que se ha puesto de moda en este lugar y que con asentimiento realizan, al parecer, muchas de las damas que por aquí pasan, consiguiendo que esta pequeña población sea famosa en el mundo por ello. 

Ya descendidos de las alturas nos desviamos unos pocos kilómetros para allegarnos a la tornasolada, vetusta y vivaz población minera de Arrowtown, que cual decorado cinematográfico, se ha mantenido tal cual se creó en plena fiebre del oro allá por el año 1862, con su barrio chico y los almacenes de la época.



Ya solo nos queda recorrer los veinte kilómetros que nos separan de Queenstown, para llegar hasta la llamada "Capital Mundial de los Deportes de Aventura', uno de los principales destinos para los visitantes de Nueva Zelanda. Ubicada a orillas del hermoso lago Wakatipu, bulliciosa, pintona, alegre, desenfadada y cosmopolita, aunque también con un toque espurio, Queenstown da la bienvenida a todo al que a ella se acerque. Consiguiendo agradar a los miles de multicolores visitantes que hasta este lejano "sur" neozelandés se trasladan consiguiendo calmar sus ansias aventureras o agitando sus serenas holganzas.

Independientemente de poder hacer "puenting" en sus múltiples modalidades, pues fue aquí donde se inventó esta "gili-actividad", lo mejor que podemos realizar en Queenstown, es trasladarnos hasta el extremo norte del lago Wakatipu (45 km.), a unos cuarenta minutos por carretera de Queenstown, donde se encuentra el pequeño asentamiento de Glenorchy. Desde allí y en medio de unos paradisiacos paisajes, podemos acceder a parte del Parque Nacional del Mount Aspiring, al comienzo de una de las más interesantes caminatas de estas tierras el Routeburn Track, a algunas de las escenografías de las películas del Señor de los Anillos "Lord of the Rings", y hasta acercarnos a Paradise Valley (Valle Paraíso) donde observar las rocosas paredes y los glaciares colgados del Mount Earnslaw, sin duda una propuesta mucho mejor que hacer el "mandria" tirándose desde un puente a través de una chiclosa cuerda...... que me perdonen los ninfoadenalinos por esta aseveración, pero es mi parecer.

Pero Fiordland (tierra de fiordos) zona abrupta y montañosa, la esquina suroeste de Nueva Zelanda y el sur del sur neozelandés, aun nos deparará algunas sugerentes y maravillosas sorpresas. Un recorrido de aproximadamente 300 km. desde Queenstown, nos conduce al más accesible y afamado de todas esas lenguas de mar que penetrando en la tierra cual enormes "rías· fueron formadas por los glaciares en épocas cuaternarias................... se trata del fiordo de Milford Sound, descrito como la Octava Maravilla del Mundo.

En cantidad de ocasiones el embrujo de un viaje no lo encontramos solamente en el objetivo final, puede que la ruta o el trayecto hasta llegar a esa meta marcada sean tan gratificantes como el motivo principal. Este es el caso del recorrido que nos lleva por la Milford Highway (carretera de Milford) hasta llegar a sugerente fiordo de Milford Sound, aunque como fue nuestro caso, sea en medio de una poderosa tormenta de lluvia y en medio de una tozuda niebla. Aun así, recorrer parte de sus miradores o atravesar el legendario y casi centenario túnel Homer (1935-1953), se convirtió en una experiencia mitológica. 

A nuestra llegada al coger la embarcación para recorrer el sugerente y afamado fiordo, y como no podía ser de otra forma; "pues dios siempre protege al buen marxista" (nota literal del profesor Tierno Galván); la climatología que hasta ese momento había sido de lo mas nefasta y negativa, se tornó radiante y espectacularmente agraciada para nosotros, espectadores de un escenario sin igual. Las nieblas iban poco a poco disolviéndose, como si fueran la elevación del telón en la tramoya del gran teatro de la naturaleza, los cielos recuperaban sus azulados tonos, la brisa retornaba a su suave acariciar y las aguas marinas sosegaban sus impulsos.  

Por doquier que nuestra vista otease, chorreaban aguas por las montañas, efecto único que solo ocurre después de fuertes aguaceros, pues gran parte de las hermosas cascadas que se pueden admirar durante la singladura son de flujo estacional, naturaleza en estado cien por cien salvaje, algo realmente increíble. La actividad de la vida marina volvía a resurgir: focas, delfines y otras faunas (entre ellas piragüistas de kayak), se nos hacían visibles. El espectáculo se transformó en grandioso, con el regalo añadido de la poca actividad
humana habida en la zona debido a la avanzada hora y a lo desafortunado del día. Pero para nosotros un buen regalo de las deidades, que una vez más habían escuchado nuestras piadosas plegarias, y así tal cual, la magnífica representación de la "natura" en estas latitudes se alargó más de dos horas y media, en que la embarcación tardó en realizar su periplo por las aguas del mágico fiordo. 
 
Definido por el escritor Rudyard Kipling como la "octava maravilla del mundo", Milford Sound ha sido cincelado por los glaciares durante los últimos 10.000 años, donde el mar de Tasmania se abrió paso por entre abruptos abismos que el algunos casos superan los 1.200 metros de desnivel, llegando a adentrarse hasta 15 kilómetros tierra adentro formando el fiordo más espectacular y vistoso de toda Nueva Zelanda, solo comparable para mis ojos con el de Tasermiut de Groenlandia. 

No fue hasta hace un millar de años que este territorio fuera horadado por el ser humano, siendo los maorís en busca de pesca y de su piedra sagrada "poumanu" (jade verde que se encuentra es sus orillas), los que hasta aquí se acercaron. Pasando mucho tiempo inadvertido para los visitantes europeos, al ser casi invisible su entrada desde el mar, habiendo pasado inadvertido hasta dos veces para el Capitán Cook que pasó dos veces por sus proximidades sin percatarse de su existencia. 

En 1823, un cazador de focas llamado John Grono fue el primer colono europeo en llegar hasta aquí. Pero el verdadero pionero y explorador de estas tierras por merito propio es el escocés Donald Sutherland, quien llego junto con su perro en 1877 convirtiéndose en el primer residente permanente de Milford Sound. Sutherland había llevado una vida interesante, habiendo servido desde 1840 en varios ejércitos y marinas mercantes, así como siendo cazador de focas y buscador de oro.  

Sutherland eligió el lugar para vivir construyendo su cabaña cerca de lo que ahora es la cascada Lady Bowen (la más próxima al embarcadero). Y aunque vivió como un eremita durante muchos años, siempre imaginó que Milford se convertiría en una floreciente ciudad. Siendo durante sus exploraciones y cacerías cuando descubrió las impresionantes cataratas que posteriormente llevarían su nombre. 
El asilvestrado, montaraz y casi salvaje pionero de estas tierras andaba buscando una ruta viable entre Milford Sound y Wakatipu Lake el 10 de noviembre de 1880, cuando vislumbró en la distancia a través de los árboles la afamada caída de agua, siendo el primer europeo en ver las cataratas que ahora llevan su nombre. 

Con sus casi 600 m. de caída, desde el lago Quill al valle de Arthur, las cascadas de Sutherland fueron por un tiempo reclamadas por los neozelandeses como las más altas del mundo, aunque todavía no se conocía por
aquella época la del Santo Ángel en Venezuela de 979 m de altura, con una caída ininterrumpida de 807 m. Desde el poblado de Milford Sound, un recorrido de unos 22 km. por parte de la ruta del "Milford Track", ascendiendo el valle de origen glaciar del rio Arthur (370 m. de desnivel), nos llevara hasta la esplendida caída de agua.  

La fortuna de Donald como aventurero-rastreador mejoró en 1890 al casarse con Elizabeth Samuels, una viuda astuta e ingeniosa. La pareja construyó el Chalet de Milford Sound para dar acomodo al creciente número de caminantes e intrépidos turistas que acudían cada verano con más abundancia, a través de la recién inaugurada Ruta a Milford "The Milford Track". Comenzando a extenderse los comentarios de la intacta belleza de la región, haciendo que más y más caminantes llegaran cada temporada. 

Cuando Donald murió repentinamente en 1919, su cadáver quedó sin enterrar durante cinco semanas hasta la próxima visita de un vapor del gobierno, ya que el cuerpo era demasiado pesado para que Elizabeth lo moviera. La dama, se quedó en Milford Sound, vendiendo el Chalet al gobierno en 1922 por £ 1000 (equivalente a $ 94,000 de 2014), muriendo al año siguiente. El chalet fue substituido por un nuevo albergue gubernamental en 1928, siendo el hotel que podemos encontrar en la actualidad construido en el año 1954, pero ubicado en el mismo lugar donde estaba situada la casa original construida por Donald Sutherland en 1878. 

The Milford Track es la ruta senderista de gran recorrido más famosa de Nueva Zelanda, que descubierta por Quintin MacKinnon en 1888, se abre paso por una de las áreas silvestres más impresionantes del mundo, estando considerado como el segundo mejor trekking de todo el planeta. Un sendero entre paisajes alpinos y fiordos, que durante más 150 años ha entusiasmado a excursionistas de todas las latitudes, por uno de los parajes más bellos del globo. El recorrido de algo más de 50 km, y cuatro días de duración, comienza al extremo del lago Te Anau, transita por bosques de árboles centenarios, cruza ríos de aguas esmeraldas sobre pequeños puentes colgantes, circulado por idílicos lugares y pasos montañosos con vistas que quitan la respiración. Mostrándonos durante la travesía cristalinos lagos, altísimos picos de montañas y enormes vistas de sus valles. Además de acercarnos a la brumosa brisa de las ya comentadas cataratas Sutherland, la más alta de Nueva Zelanda.  

De retorno de estos idílicos paisajes, volviendo sobre nuestros pasos y recorriendo nuevamente la orilla del lago Te Anau y la población que lleva su nombre, nos despedimos de estas sorprendentes, fascinantes y seductoras tierras visitando las insólitas cuevas que se encuentran frente a la población, en la otra orilla del inmenso lago. Un fascínate espectáculo generado por las luciérnagas "glowworm", que sorprende y desconcierta a todo aquel que las visite, para recorrer tanto a pie como en barca, parte de su interesante recorrido. A través de un misterioso mundo subterráneo de corrientes de agua, que transcurren primeramente por una diaclasa medio iluminada acondicionada para caminar, para después en silenciosa oscuridad, ser obsequiándonos con mágico espectáculo que representan los techos tímidamente iluminados por el mágico, tenue y azulado brillo que originan los cientos de puntos esmeralda, que cual un universo nocturno se presentan ante nuestra vista. 

Los "glowworm", son las larvas luminiscentes de unas orugas llamadas Arachnocampa Luminosa, que solo se pueden encontrar en Nueva Zelanda y en el este de Australia. El hábitat idóneo de estos "gusanos luminosos" se encuentra cualquier lugar oscuro donde puedan colgarse, siendo lo más normal hallarlos en cuevas, pero también pueden encontrarse en paredes o muros de zonas húmedas y oscuras. 

Estos insectos parecidos a los mosquitos en su estado natural, pasan a lo largo de su corta vida (10-11 meses) por tres fases: huevo, larva e insecto adulto. Siendo durante su periodo larvario cuando estos insectos generan una luz que atrae a otros insectos, atrapándolos a través de unos pegajosos hilos que cuelgan de ellos. Una vez que alcanzan el estado adulto, solo viven 3 ó 4 días, ya que no tienen boca ni aparato digestivo con lo que es imposible su supervivencia. Una nueva sorpresa que nos regala esta naturaleza de las antípodas y los fascinantes mares del sur.